-Tres hombres solos en la costa sur de las desilusiones

Por Joel del Río

¿Qué, pues, diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?

Romanos 8:31

Sosiego en la decepción, desconcierto ante el naufragio, ansia de trascendencia ante la futilidad y el descalabro. Tales pueden ser algunas de las ideas que lleguen a la inteligencia del espectador ilustrado y sensible ante La obra del siglo, el más reciente largometraje de ficción dirigido por Carlos Machado Quintela, ahora seleccionado para inaugurar la presente edición de la Muestra Joven del ICAIC. Muy pocas veces el cine cubano, hecho por noveles o consagrados a lo largo de los últimos veinte o treinta años, ha logrado recorrer con tanta naturalidad y honradez las espirales de lo absoluto, disuelta en las aguas y el humo de la cotidianidad, a través de un filme que, además, se emancipa de lo intolerablemente triste o pesimista, con el recurso de reanimar ciertos rescoldos de nuestra idiosincrasia tropical, delirante, choteadora y machista.

La obra del siglo comienza con las naturales localizaciones espaciales, temáticas y temporales: «Esta historia transcurre en la Ciudad Electro-Nuclear (CEN), residencia construida para los futuros trabajadores de la Planta Nuclear de Juraguá». Una hora y treinta y cinco minutos más tarde aparece el epílogo, que me niego a contar aquí y ahora, y al final-final leemos otro texto diciendo: «El plan original del proyecto nuclear era la construcción de doce reactores ubicados a lo largo de la Isla».

Pocas veces en el cine cubano una catarsis conclusiva proveyó semejante sensación de alivio. Y de inmediato, como para suscribir soberanamente su compromiso con la historia, que es lo mismo que apostar por un presente y un futuro habitables, aparece en pantalla la dedicatoria de la película a Sara Gómez y Yuri Gagarin.

Entre el primero y último letrero se relatan no solo los paroxismos de la utopía termonuclear en versión caribeña, sino que se descubren los más esenciales secretos, traumas y soledades de tres hombres que viven juntos (abuelo, padre e hijo; interpretados respectivamente por Mario Balmaseda, Mario Guerra y Leonardo Gascón) en un fantasmagórico edificio de microbrigadas de la mencionada Ciudad Electro Nuclear. Sin embargo, a pesar de que la narración y las imágenes alternen sobre todo la cercanía umbría e intimista con las distantes panorámicas de luminosos espacios abiertos, la cámara registra una larga galería de personajes —igual de ansiosos, ilusos y jadeantes que los tres machos alfa protagonistas— porque la voluntad de collage de los creadores (director, guionista, editor, productor) amalgama abundantes fragmentos documentales en colores (desde el delirio constructivo de los años 80 en Cuba, hasta ciertos sintomáticos triunfos en la olimpiada de Londres) Estas escenas explican, legitiman, comentan y resignifican la historia de ficción, concebida en blanco y negro desde el presente y expuesta de modo más bien cronológico.

En términos de la funcionalidad y potencialidades expresivas de una estructura dramatúrgica muy abierta, que permitiera comentar pasado y presente nacional, a la luz de una ficción que de-construyera un patriarcado ungido a sempiternos ciclos de arbitrariedad, pérdida y retorno, Machado Quintela y sus colaboradores optaron por remitirse todo el tiempo al periodo de clasicismo vanguardista del cine cubano en las décadas del 60 y 70. Desde el compromiso con discursos que se comprenden y asumen a un nivel visceral, La obra del siglo se apropia afectuosamente de las estéticas del cine imperfecto, de la ironía que jamás renuncia a la objetividad —tal y como la entendía Nicolasito Guillén Landrián— y por supuesto, se apropia de los experimentos de Sara Gómez en cuanto a la vinculación entre testimonio y puesta en escena.

La ingente voluntad intertextual de la película llega a la ilusión de la llamada puesta en abismo, en escenas como aquella de Mario Balmaseda en su papel del abuelo déspota y de ilusiones rotas; cuando se escucha una balada optimista y facilona de los años 80, mientras el anciano sustituye el fetiche de la Catedral de San Basilio y la Plaza Roja moscovita, por el afiche raído de una japonesa y luego se sienta a contemplarlo en silencio, de espalda a la cámara murmurando: «¿Tú ves? Volviste…» Luego, hay un corte y vemos de frente el rostro expresivo y noble del actor (está fuera de la ficción pues tiene otra ropa y evidencia distinta actitud). Lentamente levanta los ojos hasta la cámara y nos mira como solo puede mirar un actor de la estatura de Balmaseda, dejando traslucir de un golpe todas las erosiones del tiempo y las esperanzas rotas. Por corte, entramos en el inserto de una hermosa escena en De cierta manera, cuya pluralidad de significados dentro de La obra del siglo, deberá ser explorada por cada espectador, a partir de la presencia compartida de Mario Balmaseda y sus personajes de machista en trance de mejoramiento (en los años 70) o de anciano cuya predominancia quisiera enseñorearse hasta de la muerte y la resurrección.

En solo tres o cuatro minutos que dura la secuencia antes mencionada, La obra del siglo atraviesa varios estratos de lo público y lo privado, expone simbólicamente cuarenta años de la Historia de Cuba, da cuenta de los sueños e ilusiones de un personaje, entra y sale de la ficción, aporta un guiño afectuoso a las doradas tradiciones del cine cubano y rinde homenaje a un actor paradigmático y a una película clásica; sin perder nunca el aire improvisado, mordaz, naturalista y a veces trágico o tragicómico.

Ni los más furibundos defensores de La piscina sospecharon la posibilidad de que Carlos Machado Quintela se instalara, con semejante velocidad y tamaña potestad, en el ámbito de los imprescindibles. Su más reciente película lo legitima y confirma.

Tomado de: Bisiesto, No. 1.

 

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