– Retornar a La Habana

Por: Haydeé Oliva Valle

Entre objetos singularmente espirituales y plantas tan cubanas como exóticas, descubrimos a una mujer que vive en un tiempo propio, no lineal, como las películas del hombre que la acompaña desde 1987. En otro intento mutuo de colocarnos contra el vacío, Gretel Alfonso, viuda de Nicolás Guillén Landrián, nos recibe para evocarlo en su doble faceta de pintor y cineasta.

¿Cuáles fueron los resortes de la pintura en Landrián?

Desde muy niño Nicolás rayaba las paredes. Creo que a los 12 años ya hacía cuadros. Yo misma vi una tablita que conservaba Adelina, su madre, con un viejito tembloroso que usaba bastón rodeado de una atmósfera como reflexiva. En su infancia estuvo cerca de personas que pintaban. Lam, Fidelio Ponce, Portocarrero… con todos ellos mantuvo relaciones muy particulares.

Nicolás siempre tuvo un ángulo de mirada que lo llevaba a establecer una relación espacial con las manchas en las paredes, las nubes, los edificios despintados, desconchados. De alguna manera santificaba todo lo que tocaba, todo lo que hacía o todo a lo que se dirigía.

Guillén escuchaba casi todos los días a los Beatles y recitaba algún poema de su tío, no era una obligación sino algo que brotaba. A su casa de Camagüey iba mucha gente y pudo escuchar a Juan Marinello conferenciando, a Miguelito Míster Babalú…

¿Existen elementos que se reiteran en su pintura?

Siempre el rostro humano y siempre el ser humano, la relación amorosa… Incluso la abstracción en Nicolás tiene el sello de las estructuras de acero, la estructura de los edificios. Siempre volvió a las mariposas, las flores, los caballos, sus amigos rusos, sus mujeres. Pintaba, de pronto, en las paredes de la casa. Palomas, muchas palomas.

¿Cómo pintaba?

La pintura de Nicolás está basada también en lo gestual, en adoptar el gesto que más se apega a describir la relación con el objeto retratado. Eso incluye la velocidad con la que pintaba y también la manera de hacer. Decía que él podía pintar suave, pero que no quería. Quería que se viera la manera en que lo hacía, aunque con lord, con señorío; que se viera la pincelada. A mí me asombraba su producción. Un día me dijo: «Yo no quiero que te pongas a lavar, que te pongas a limpiar. Pinta».

¿Cree que exista una relación entre su pintura y su obra audiovisual?

Él decía que hacer cine era muy difícil, muy caro, pues necesita de muchas personas. Pero pintar era un trabajo de esclavo, muy solitario. Nicolás estaba sentado frente a una pintura cuatro y cinco horas. Yo le preguntaba, «¿Qué estás haciendo?», «Viendo cómo termina esta pintura», decía él. De pronto se levantaba corriendo y decía: «Y ahora el toque genial», y hacía un punto o una línea, cualquier cosa. El cine de Guillén es una práctica más dentro del artista y el hombre de acción que fue. Ya había hecho una filmación de la calle Zanja y la comunidad china como entre los quince y los dieciocho años, con una Súper 8 que le regaló su mamá. Cuando empezó a hacer cine lo vio como una oportunidad que no podía desperdiciar de recoger o documentar lo que había vivido. Y todo eso con un sentido siempre desde lo personal, desde su muy particular estética.

También hay algo de alegría de vivir en cambiar de manifestación, en poderse expresar de varias maneras. Un día me dijo: «Yo soy uno de los hombres más realizados del siglo XX».

¿Qué es lo que más le cautiva sobre Nicolás?

Nicolás era un intelectual en todo tiempo. Su manera de estar en este mundo era haciendo arte. Tenía un modo interesantísimo –para el que puede– de hablar en términos poéticos, hablar dirigiéndose al meollo de las cosas siempre y tener un dominio de la sintaxis, de los silencios. De pronto Nicolás echaba a hablar y cuando yo venía a ver estaba dictando un poema, y yo tenía que correr y la pluma no alcanzaba. Era de una mansedumbre y de una presencia amorosa. Claro está, la persona que es así tiene una dicotomía, podía llegar a ser realmente fiero. Pero no era de ese tipo de gente que es agresiva porque tiene miedo. Era un hombre muy bien plantado y que hizo frente a las malinterpretaciones ajenas, a las calumnias y a las envidias. Recuerdo que una vez, uno de esos programas en Miami –te imaginas de qué tipo– quiso entrevistarlo, y entonces él dijo: «Por muy vencidos que están los guerreros, nunca se dan la mano con los charlatanes».

¿Por qué el regreso?

Nicolás se consideraba expulsado de Cuba, así que arrostró el exilio en Miami como algo que no pudo evitar; él hubiese preferido irse a Londres. A mediados de los 90 yo hice algunas gestiones para regresar con él. Quería garantías para Nicolás, porque no había hecho nada para merecer estar desterrado. Pero cuando hicimos el pasaporte le pusieron una pez negra en la portada y él mismo dijo: «Puedes ir tú, pero yo no».

Estamos al final en la cama de muerte, en el hospital, y me dice: «¿Qué vas a hacer cuando me muera?» La verdad es que yo tenía un nudo en la garganta, pero él insiste en la pregunta y me dice: «Retorna a La Habana».

Fueron meses tan sufridos, la cabeza nimbada, no sabía qué hacer. Y entonces, bueno, Guillén fallece… Me llama una amiga y me dice que tenía que ocuparme del sepelio y lo demás. Entonces reaccioné. Lo más preciado que yo tenía era lo primero que iba a poner en La Habana, y era el cuerpo de Guillén. A los quince días de fallecer, ya estaba en la bóveda de mi familia en Cuba.

Años después, cuando pude venir, le puse una estela en la tumba, con unas palabras que desde que yo lo conocí me parecieron muy ciertas para él: «El hijo del hombre no tiene donde apoyar la cabeza».

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