– Para tratar la apatía y la inercia: Documentales en la 14ta. Muestra joven

Por: Ernesto Pérez Zambrano

En la introducción de su libro Filosofía para Médicos (Editorial Gedisa, S.A. 2012), el académico argentino Mario Bunge nos comenta: “…a veces el médico se enfrenta con problemas morales de tamaño variable. Los más graves son los que suscitan el comienzo y el fin de la vida”.

Más allá de la dificultad que entraña la asociación entre las ciencias médicas y el arte, no podemos obviar que la filosofía, la ética, la sed de conocimiento y la búsqueda de soluciones o estrategias para visibilizar una problemática, son variables que nos identifican tanto a los profesionales de la salud como a los realizadores audiovisuales. Siempre matizados por puntos de vista e intereses distintos, nuestros instrumentales teórico-metodológicos no pueden soslayar la necesidad de dar respuesta a las preguntas esenciales: ¿quiénes somos?, ¿de dónde venimos?, ¿a dónde vamos?

En la selección de documentales en concurso podemos encontrar un mosaico de temáticas, lenguajes y puntos de vista que, como en años anteriores, revela la diversidad de estéticas e inquietudes que, con sentido crítico y reflexivo, mueve a este grupo de jóvenes, en diálogo tenso y provocador con sus audiencias.

El cuestionamiento al modelo cultural hegemónico es una dimensión recurrente dentro de la que gravitan, con diversos grados de intensidad, varias de las obras. Este es el caso de Antígona el proceso, de Lilián Broche y Yaima Pardo. Haciendo uso de un lenguaje polisémico y códigos de distintas manifestaciones visuales –la autorrepresentación, el cine dentro del cine– se explora el universo de representaciones de la mujer en Cuba durante los últimos cincuenta años. En el documental las realizadoras enfatizan las tensiones entre las identidades de género y cuestionan cómo el orden patriarcal rige las estructuras sociales y las políticas institucionales prevalecientes.

Con Elogio de la sombra, Helena Rodríguez, desde la ternura y el lirismo, se sumerge en la intimidad de una mujer ciega, quien nos revela cómo la capacidad de percibir el mundo a plenitud y disfrutar la vida, no es una construcción exclusiva de los videntes. Por su parte Máscaras, de Lázaro G. González, se apoya en los testimonios de dos artistas del transformismo para hablarnos de la lucha por la felicidad y la realización humanas, ante un orden que tiende a limitar el desarrollo del individuo, cuando impone a la expresión artística un sesgo hegemónico y patriarcal.

En títulos como Hotel Nueva Isla, de Irene Gutiérrez y Javier Labrador; La Despedida, de Alejandro Alonso Estrella y Trópico de Ariguanabo, dirigido por Joanna Vidal, se muestran conflictos existenciales de personas que viven en exclusión, los que pueden extrapolarse metafóricamente a otras crisis en el mundo exterior a ellas. Estos materiales visualizan el impacto humano de la pobreza, la vejez y los estigmas de la cárcel en una sociedad donde las estrategias para dar respuesta a estas situaciones –de manera diferenciada– parecen no lograr el éxito esperado.

Una atención a los agujeros negros de la memoria podremos ver reflejada en obras como Los amagos de Saturno, de la realizadora Rosario Alfonso Parodi, un notable ejemplo de documental de investigación, tan ausente y necesario en nuestro contexto.

Esta 14ta. Muestra Joven hará un alto para dialogar, una vez más, con la obra de Nicolás Guillén Landrián, sin duda alguna, uno de los paradigmas ideo-estéticos de mayor presencia en la producción audiovisual cubana de la última década. Es al crítico e investigador Dean Luis Reyes al que he escuchado con más frecuencia hablar de la calidad reflexiva en la obra de Landrián, como sustancia que ha perneado una buena parte de nuestro panorama cinematográfico más reciente.

En tal sentido, entre los filmes en concurso esta ocasión me gustaría señalar a Materia prima, de Sergio Fernández Borrás , y Lo que me sé de memoria, de Marcos A. Díaz Sosa. En el primero, la cámara se desliza entre la multitud que participa de una movilización política, acechando los resortes que mueven a la gente y el lugar del individuo en la marea colosal donde se sumerge, por voluntad propia o por inercia. El segundo, a manera de juego, coloca a los sujetos ante un espejo-ojo-cámara que les devolverá como imagen un cuestionamiento sutil al sentido común y la desidia. El sello antropológico más evidente se nos revela en dos documentales producidos por la EICTV. Estos son El tiempo es de Dios, de Víctor A. Guerrero y Milagrosa, de Diana Montero. En tales obras el mundo espiritual y las dinámicas socio-culturales del ámbito rural, donde se reproduce la vida de las protagonistas, se tornan relevantes.

Los títulos Majana, de Yasser Vitali; Blogbang Cuba, de Claudio Peláez Sordo; La paz del futuro, de Leonardo Rego Rivero; El retorno y el fin, de Yoel Suárez y De que Van… Van, de Héctor David Rosales completan la muestra documental.

La impronta de realizadoras cubanas, creando más allá de nuestras fronteras nacionales, podemos calarla en el documental Alham dirigido por Jessica Rodríguez y la egipcia Shaza Aly. En el filme se revelan los conflictos, esperanzas e incertidumbres de una joven mujer árabe en medio de la vorágine político-social que trastoca los pilares del mundo que habita, haciendo énfasis en cómo los sucesos históricos en desarrollo la involucran o relegan sus aspiraciones. En Alham es interesante el empleo de recursos de la ficción a modo de instrumento para colocar los conflictos del personaje, estrategia que preserva la integridad de sujetos específicos, sin menguar la veracidad de las situaciones representadas.

Desde el punto de vista formal, llama la atención el número creciente de obras documentales de medio y largo metraje, lo cual puede estar revelando un aumento en la necesidad de tomar mayores riesgos estéticos. Sin embargo, algunas de estas piezas de mayor duración tal vez hubieran requerido un trabajo de síntesis más acertado.

Como en el ejercicio de la profesión médica, comprender la plenitud humana con sus imperfecciones y contradicciones, pareciera el sentido definitivo que nos aúpa como creadores y creadoras. Sintamos, por lo tanto, la necesidad de correr el riesgo artístico, pero además, la de asumir los otros riesgos sin abandonar el compromiso de participar en los viejos y nuevos desafíos que encara toda la humanidad.

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