– Materia prima: el embrujo de la conga antillana

Por Dean Luis Reyes

Hay un momento paradigmático en la mirada extranjera sobre Cuba en dos películas de inicios de la década de 1960. En ambas, Agnés Varda y Chris Marker buscan negociar el distanciamiento crítico necesario, ante la representación del entusiasmo y la energía desbordante, que la vida cotidiana penetrada por la historia exhibe del país efervescente en revolución. Ambos, vale decirlo, fracasan. Tanto en Salut les cubains como en Cuba Sí, Varda y Marker respectivamente, caen rendidos ante esa espontaneidad desenvuelta en exaltada aprobación del momento sociopolítico.

Esta búsqueda de la objetividad tropieza con la fiesta. Varda decide que la alegría criolla es un tegumento social demasiado indisociable de un modo de ser, que se filtra y contamina todo sin remedio. Marker la tiene más difícil: mientras sigue a una banda de música seria y marcial que atraviesa una calle, esta se transfigura al ritmo de una conga; los paseantes se suman al compás y convierten la vía pública en un mar de danzantes frenéticos que, literalmente, “arrollan”. A pesar de que Cuba Sí estuvo censurada en Francia, todas las reseñas de quienes la vieron se refieren a esa secuencia hija de la revelación artística y de la capacidad de descubrimiento que acompaña al documentalista honesto.

A los realizadores de Materia prima les ocurre algo parecido. Su contexto es distinto: la marcha popular habanera del primero de mayo de 2009. Con tácticas de observación que en los 60 llevaban calificativos como free cinema o cinéma vérité, cinco cámaras se sumergen en ese ambiente enrarecido del acto político.

El espacio público, este día, adquiere una consistencia extraña: la multitud brota de todas partes, se disuelve en la masa amorfa, cumple el ritual de atravesar la Plaza de la Revolución. La televisión hace un directo solemne y cumplidor. La amplificación local vocifera consignas e himnos. A la mirada de los realizadores le interesan los bordes del espectáculo, los entretelones, aquello que no sirve al discurso oficial. Buscan a la gente.

Pero, una vez más, los embruja la fiesta. La primera secuencia larga de este corto, compuesto por segmentos cronológicos de un evento que inicia y acaba, se detiene en un reggaeton de amanecer, que hace a un grupo de jóvenes improvisar una coreografía. El cuerpo del pueblo (¿todavía se dice así?) se asalvaja, rebela y subvierte la exigencia castrense. Más tarde, una cámara sigue a una mujer que arrastra a una niña de cortos años a través de la Plaza, zarandeando ambas la cintura. La mirada del cine advierte que está ante la vida desnuda, el carnaval, el desatino más allá de la biopolítica de control.

Esto, porque hay cuatro extranjeros detrás de esa mirada: Román Lechapelier, Camilo Soratti, Lucas Bonolo y Pedro Pío, estudiantes de la Escuela Internacional de Cine y Televisión (EICTV) por esta época. Su asombro está incrustado en esta manera de observar. Además, Sergio Borrás, quien al cabo de cinco años retoma el material, propone una edición del acontecimiento. El único cubano del grupo se atreve a componer una interpretación.

Materia prima acaba siendo por ello el cruce de dos intenciones: la de las miradas que se rinden y abandonan lo visible, la del montaje que busca la discordancia entre la performance política y la gente, pues los segundos fungirían como materia prima del espectáculo ideológico. Se percibe la búsqueda de expresar una contradicción, como también la desconfianza en lo político como espectáculo público y, sobre todo, como coreografía orquestada desde arriba.

Esto sugeriría una intervención de mala fe, si no se tratara de una percepción muy contemporánea que, además, parte de un equívoco originario: la sospecha en la autenticidad de lo que se mira y de la aprensión ante la gente como sustancia de la ceremonia política. Como si no estuviéramos aquí frente a la política en su máxima expresión: la fiesta de los cuerpos, la gente tomando la plaza para convertirse en cosa indivisible, en magma. El teatro, el carnaval, también son modos de la verdad, incluso el cine, faltaría más. Por eso se confunden reggaeton y consigna bélica, porque son parte de la emoción humana. No hay algo perverso en ello, sino en todo caso, la dialéctica negociación de un lugar entre el anonimato y aquel que habla en mi nombre.

Materia prima pierde la oportunidad de revelar eso, porque asiste (tanto la mirada como el principio editor) a la representación con un prejuicio externo a lo que se manifiesta. Prejuicio hijo de la inmadurez, todo hay que decirlo. Su estructura está llena de titubeos y falta de peso dramático. Cuando lo que vemos está ahíto de sentido dramático, o sea, de acción naturalmente. Acaba siendo un ejemplo ilustrativo de cómo las imágenes del documental son siempre la materia prima de la interpretación, allí donde se decide qué aprendimos del universo.

Tomado de: Bisiesto, No. 1.

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