-La extraña simpatía de los ojiazules

Por Rubens Riol

La mirada del otro, además de dar nombre a una muestra informativa que exhibe obras de realizadores extranjeros hechizados por la realidad cubana, constituye un sintagma preñado de implicaciones éticas; motivo de desvelo de la antropología visual (y otras ciencias afines) en su esfuerzo por nivelar identidades, combatir estereotipos y descolonizar nuestro pensamiento. No obstante, abundan todavía en el audiovisual aproximaciones contemplativas, etnocentristas, prejuiciadas y discriminatorias, como resultado de la miopía cultural de aquellos peregrinos, que hurgan en realidades ajenas sin ser actores comprometidos, auténticos, vivaces.

Las propuestas de este año, afortunadamente, se apartan de esa tendencia maniquea tan generalizada, para reivindicar un grupo de personajes afincados en subjetividades laterales, periféricas y/o minoritarias; mientras huyen de las recetas de la cubanidad más estricta y aterrizan sobre preocupaciones universales de la raza humana (ese promiscuo carnaval de otredades). Sin embargo, palpita en dichas obras lo que Sergio Wolf definiría como “el folclorismo de la indigencia”, pues la mayoría de los protagonistas tienen como única coartada su discapacidad física o son víctimas de la precariedad material y el desamparo afectivo.

A propósito de semejante panorama destacan dos cortos documentales ambientados en la comunidad rural de Buey Arriba, un paisaje privilegiado por el cine, independientemente de que su nombre emerja apenas en el argot popular como sinónimo de lejanía/lugar intrincado. El primero de estos materiales, Nudo (2014) dirigido por la venezolana Juliana G. Gómez Castañeda, hurga en la cotidianidad de Juan Rafael Clavel, un hombre ciego que vive solo en total aislamiento e intenta sobrevivir a pesar de sus limitaciones. Documental este que alterna escenas de su protagonista —en medio de las labores domésticas— con una intermitente infografía anglosajona de aliento poético-existencial, acompañado de un universo sonoro que funciona como prótesis auxiliadora del privado sentido de la visión.

La teja de zinc (2014), por su parte, coproducción entre Italia y Suiza, a cargo de Pigi Capoluongo —como su propio título indica— es el emblema mismo de la zozobra; máxime si Pepe decide arreglar su techo antes de que comience la temporada de lluvias con ayuda de Mongui, su compañero de borracheras. El asombro de la cámara ante tan desaliñadas peripecias resulta contagioso por su espontaneidad. No olvidemos que un hecho tan simple como la necesidad de corregir algunas goteras, puede alcanzar tintes delirantes bajo el calor del trópico, sobre todo, si los implicados sucumben a un estado real de embriaguez alcohólica. Esta obra nos habla de la solidaridad humana en cualquier circunstancia, así como de la impotencia de un grupo masculino que se conforma con viejos retratos de mujeres ausentes. Afloran además tópicos como el alarde criollo, la superstición y la candidez humana abrazados por un tenue matiz folclórico.

El terreno de la ficción, en cambio, privilegia la diversidad cultural desde el ámbito urbano, un entorno en apariencia más firme, donde se acumulan tensiones y penurias de toda índole. Es el caso, por ejemplo, de Estela (2014) de Joacenith Vargas, un meticuloso ejercicio de puesta en escena y diseño de caracteres. Hay que ver la evolución del protagónico femenino encarnado por una eficiente y soberbia Edith Massola —llena de matices, tan hábil para las caracterizaciones— mientras transita de la represión casi patológica a un morbo exacerbado que roza la violencia fetichista. Su mundo psicológico es tan llamativo que absorbe prácticamente toda la atención, sin descalificar el oficio de Mario Balmaseda, cuyo indefenso personaje en estado senil, deviene circunstancial y oscuro objeto del deseo. Ambos sujetos marginales, descentrados o anticanónicos, acceden a una rara dependencia física producto del azar.

Por último, tenemos El carro Azul (2013) de la alemana Valerie Heine con guion de Carlos M. Quintela, el cual nos presenta la vida de Marcos, un joven síndrome de down, que atraviesa un período de duelo tras la muerte de su abuela. La soledad del chico se rompe cuando su hermano Hansel regresa a La Habana para encargarse de él, pero entre ellos media la incomunicación. Observamos además cómo Marcos es objeto de burla al interior de su propia casa e incluso llega a ser comparado con los monos en una visita puntual al zoológico. La relación se modifica a través de un juego en el que ambos recuperan la confianza y el cariño desde la comprensión y la tolerancia.

Así, desde un coro de voces y nacionalidades diferentes, estos relatos nos devuelven una realidad agónica, decadente, donde los sujetos luchan por mitigar sus soledades y expiar sus frustraciones, pero ojo, en el fondo de tanta simpatía por el otro, late quizás, el interés primermundista de mirarnos por encima del hombro.

Tomado: Bisiesto, No. 2.

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