El otro nos mira… y filma

Por Frank Padrón

Varias tesis y ejercicios de la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños (EICTV) correspondientes al pasado 2012  (y en pocos casos, al año antepasado) se agrupan en la sección La mirada del otro, que también incluye materiales no producidos por el centro académico, aunque en menor medida.

Los materiales provenientes de San Antonio de los Baños coinciden, independientemente de que se muevan en el terreno de la ficción (o no), en varias zonas comunes. Las más recurrentes son: la vejez y/o la enfermedad que generalmente conlleva la primera; el interés por personajes extraordinarios, sobre todo femeninos; la religiosidad de diversos signos o la presencia de elementos sobrenaturales y fantásticos; sin olvidar los siempre recurrentes temas del exilio, la falencia de la relación erótica, y alguna focalización en comunidades ancestrales.

La mayoría de los textos fílmicos traducen un regodeo académico que huele a autocomplacencia, sin que interese mucho la recepción y la “digestión” que el narratario tribute a los mismos.

Dentro del documental, Escenas previas (2012), de Alexandra Maciuszek, logra una estimable plasmación de un ambiente y unos personajes que saben pero fingen no hacerlo ante la cámara o entre ellos: un abuelo al que le quedan pocos meses cuida de una vida en formación (su nieto) mientras las hijas, por sugerencia médica, tratan de hacerle pasar esos días finales lo mejor posible. Aunque resuelto con menor amarre de sus elementos expresivos y técnicos (acaso por confiar demasiado en el “efecto final”), Los anfitriones (2012), de Miguel Ángel Moulet, acierta también al acercarnos a un caso donde la enfermedad terminal altera la rutina y la bonanza de un matrimonio de adultos mayores.

En El extraterrestre (2012), de Adam Breier, la praxis metacinematográfica no arroja semejantes resultados, pues el prólogo y las explicitaciones del narrador/cineasta resultan absolutamente superfluos, ante un caso que pudo en sí mismo resultar atractivo (los desgarramientos de ex/in/silios que implican a otros).

Con Cheli (2012), Juliette Touin pretende radiografiar uno de esos habituales enfrentamientos entre planos (ideal/real) de una mujer sola, no tan joven ya, en difícil entorno rural (la Sierra Maestra). Sin embargo, el intento no logra cohesionarse del todo pues le faltó desarrollo, mayor conflicto (apenas sugerido).

Y hablando de féminas, al acercarse al mundo legendario de la declamadora Olga Navarro, Marinetti Pinheiro no logra con Las Vegas (2012) trascender lo anecdótico, y extravía el tono, presuntamente irónico, con que acaso se abordan el personaje y su órbita.

Otro artista que llama la atención de un realizador (un coleccionista de mariposas, debatido entre vender para mejorar su situación económica o conservar su “tesoro”), no arranca de Rhiannon Stevens un filme cuajado: el intercambio entre el hombre y su hijo resulta artificial, los diálogos se sienten forzados y los doce minutos de El peso del aire (2011) se diluyen en ese elemento.

In absentia (2011) aterriza en La Ranchería, pequeño poblado en la región montañosa de Guantánamo donde viven descendientes de los habitantes originales de la isla. Como testimonio etnológico, antropológico, resulta válido el texto de Tareq Daoud, pero como cine deja qué desear. Excesiva rigidez en la narración, convencionalidad en el empleo del cine-encuesta y ausencia de creatividad en el montaje (apenas correcto), malogran el superobjetivo del realizador.

La ficción no mejora mucho el panorama, aunque se tropiece uno con un simpático pastiche que hibrida el gore con lo trash, y lo pornoparódico con el canibalismo: Cebú (2012), de Pablo Belaubre; el cual une, a las esenciales ambientación, dirección de arte y  atmósfera, las sintonizadas actuaciones de Jorge Molina, Daylis García y Claudia Muñiz.

Sin embargo, continuando con el erotismo explorado desde ángulos bastante inéditos (la relación entre la impotencia de un trombonista de banda fúnebre, y sus miedos, obsesiones o frustraciones), Carlos Mignon desaprovecha en Medusa (2012) cierta historia que pudo generar un sólido relato, finalmente extraviado entre las sugestiones demasiado subliminales. Y aunque la fotografía en blanco y negro junto a la cuidada ambientación, aportan a Espejo negro (Lillah Halla, 2012) el aura fantasmagórica que sugiere su trama, esta no consigue una plasmación satisfactoria desde el punto de vista dramático.

Por otra parte, Lucía 21 (2012) amalgama varios asuntos: el omnipresente (¿eterno?) del exilio; la “nueva familia” (un padrastro alcohólico y haragán, entonces ajeno e indeseado por los hijastros); la realización profesional; la pareja “internacional”… el desenvolvimiento de una muchacha en medio de tales conflictos permitió a la realizadora y guionista Laura Cazador, armar un relato convincente en sus motivaciones, del que acaso lo que más se lamenta sea su condición de mediometraje (apenas 35 minutos) pues ciertamente daba para un precioso largo. Algunas ingenuidades y ciertos apresuramientos diegéticos no impiden que fluya la energía y la enjundia de un filme donde descuellan la música, la fotografía, la edición y las notabilísimas actuaciones de Alicia Hechevarría, Teresa López, Luis Alberto García, Yasmani Guerrero…

Como puede apreciarse, el panorama de la “Escuela de Todos los Mundos” en su más reciente graduación es, cuanto menos, irregular. Agradezcamos de todos modos estas miradas que aprehenden y multiplican nuestro ser y nuestras realidades más allá de nosotros.

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