¿Documental versus ficción?

Por Pedro Luis Rodríguez González (Bisiesto)

Quien haya observado detenidamente el devenir de la Muestra Joven ICAIC en los últimos años, pudiera encontrar como un rasgo del evento la preeminencia del género documental (tanto desde la calidad artística, como si observamos la cantidad de materiales presentados).

Frecuentemente encontramos, entre las obras en concurso, documentales diversos, provenientes de diferentes partes de la isla, con relatos y personajes muy atractivos, con agudeza política, con miradas bien personales sobre nuestra sociedad y también sobre temas universales. Pero en las ficciones no ocurre lo mismo.

Cuando una idea, una historia es abordada desde la ficción, comienzan a hacerse más visibles nuestra falta de oficio, nuestros baches dramatúrgicos, nuestras deficiencias para dominar las leyes del lenguaje cinematográfico… y claro está, nuestros problemas de presupuesto y de condiciones de producción.

No es que el documental sea más fácil, sino que en él la mayoría de los jóvenes se sienten más cómodos, porque logran canalizar más rápido sus necesidades de expresión y transmitir el mensaje de forma más directa. Además, el documental se nutre directamente de la realidad: con una buena historia o personaje, un realizador talentoso tiene en la vida misma todo el material que necesita para transmitir su discurso.

La ficción implica una reconstrucción, una creación desde cero, la búsqueda de una necesaria verosimilitud, para lo cual se necesitan más herramientas. Por ejemplo, la etapa de prefilmación en un documental se destina a la investigación y a la escritura del preguion. Mientras que en la ficción constituye un momento decisivo; porque además de ensayar con los actores, tienes que trabajar con tus especialistas de fotografía, sonido y arte, para crear la atmósfera de tu futura puesta en escena y organizar un rodaje que debe funcionar como un mecanismo de reloj.

No se debe perder de vista que la ficción depende de dos elementos sin los cuales no se puede garantizar el menor éxito: un buen guión y buenas actuaciones. Y fíjense que hablo no de buenos actores, sino de buenas actuaciones, porque se dan casos en que actores de primera línea resultan un fiasco por no estar bien dirigidos. A dichos actores los tienes que vestir, maquillar, peinar, ponerlos a vivir en una locación, con la escenografía y la ambientación adecuadas para que caractericen a sus personajes. Todo eso está resuelto en un documental cuando encuentras al personaje adecuado.

Aunque te sepas al dedillo todos los libros de Stanislavski y creas que sabes aplicarlos, esta especialidad solo se aprende en la práctica, porque cada personaje y cada actor requieren de un trabajo diferenciado a partir de patrones generales en cuanto a método.

Claro que puede ocurrir que un director joven logre comunicarse rápidamente con los actores e inspirarles la confianza suficiente como para que se entreguen sin reservas a la construcción de sus personajes, pero eso sería una rara avis.

Sin embargo, no es  imprescindible ser tocado por ese don para, con perseverancia y dedicación, conseguir buenos resultados; pero sí se debe trabajar con frecuencia y eso a veces no está dentro de las posibilidades de los realizadores jóvenes. Creo que la carta de triunfo es entender que dirigir actores es una de las especialidades más difíciles en el audiovisual. Si lo entiendes y quieres hacer bien tu trabajo, entonces buscarás la manera de prepararte para hacerlo mejor en cada oportunidad que tengas.

Pasando al tema del guión, para nadie es un secreto que es el talón de Aquiles del cine joven cubano y poco se hace para solucionarlo. En la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños (EICTV) es donde único se gradúan especialistas de este tipo. En la Facultad de Arte de los Medios de Comunicación Audiovisual (FAMCA) del Instituto Superior de Arte (ISA), el guion se estudia como una asignatura complementaria en cada año de la carrera, pero no existe la Licenciatura en Guion. Los estudiantes aprenden a hacer guiones porque los necesitan para hacer ejercicios prácticos, pero no cuentan con un especialista en la materia dentro del equipo de realización. Además, la marcada tendencia en nuestro audiovisual hacia el cine de autor y la “inevitable condición” de ser guionista y director al mismo tiempo, tampoco ayuda a la formación de expertos en este difícil arte de escribir historias. Es por esto que con gran frecuencia encontramos obras de ficción con falta de rigor dramatúrgico, con estructuras fallidas y cabos sueltos, buenas ideas que naufragan antes de los créditos finales.

A pesar de que en la 12ma. Muestra ha ocurrido un aparente cambio en la correlación de fuerzas (entre la cantidad de documentales y ficciones), debemos mirar más allá de los números para darnos cuenta de que la situación no es muy diferente. La presente edición ha incluido obras provenientes de nuevos proyectos, los cuales fomentan la realización de cortos de ficción y en esto radica la diferencia numérica. Estos talleres de experimentación, donde existen pautas o condicionantes de producción sobre las cuales los autores tienen que realizar su cortometraje, son excelentes ejercicios creativos que ayudan a ganar experiencia, pero ¿se obtienen realmente obras pensadas, elaboradas y terminadas?

Pienso que el tema fundamental para analizar la predisposición de los jóvenes realizadores hacia el documental, radica en las condiciones de producción en las que se hace audiovisual hoy en Cuba.

Por lo general, los presupuestos para ficción son necesariamente mayores y la cantidad de especialistas que requieres para contar una historia triplican a los que necesitas para un documental. Se necesita más equipamiento técnico, más transporte, más alimentación, más días de rodaje… Lograr todo esto es bien difícil, pero la salida no puede ser cruzarse de brazos y resignarse.

La lucha no es entre el documental y la ficción, sino entre diferentes mecanismos de producción y financiamiento. Hay que encontrar nuevas maneras, crear espacios y oportunidades alternativas, y realmente pensar el audiovisual como arte e industria, buscando caminos para la exhibición y comercialización de nuestras obras. Así no solo habrá más ficciones, sino también mejores documentales.

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