Dime, caballo, ¿cuál es tu película?

Por Marianela González

Hace ya m├ís de 10 a├▒os que Existen pas├│ por la Muestra. Aquel documental de locos (?) no ten├¡a interrogaci├│n alguna en su t├¡tulo, pero ahora pienso que quiz├í muchos s├¡ apoyaron las barbillas a favor de todo tipo de graf├¡as cuando el cambio de siglo abri├│ las puertas de la Cinemateca a gente ÔÇ£otraÔÇØ delante y detr├ís de las c├ímaras. Sujetos recluidos hasta entonces en un universo paralelo y disperso que hab├¡a comenzado a marcar terreno, desde que los tard├¡os a├▒os noventa propiciaran el acceso a posibilidades otras de hacer y distribuir audiovisuales. Entre las muchas urgencias, en el nuevo siglo cubano urg├¡a decir. Y al menos para decir, hubo con qu├®.

La f├│rmula, en los inicios, estuvo clara. Desde las sutilezas de la ficci├│n o la agudeza del ojo documental, muchos cineastas j├│venes egresados de las escuelas de cine o aficionados volvieron la mira hacia las zonas/voces de silencio y asumieron las funciones sociales de un periodismo (a├║n) en crisis, a riesgo de que el cambio de roles trajera consigo miradas puramente contemplativas o reporteriles de la realidad que filmaban.

Su ÔÇ£pel├¡culaÔÇØ era la de la gente que no existe. La de la gente que no se ve. La de los caballos que no hablan.

Soltando amarras: del silencio al relincho

Desde el espacio de la Muestra, el imaginario del Cine Cubano estructurado durante medio siglo por la institucionalidad cultural en calidad de monopolio absoluto de la producci├│n, distribuci├│n y promoci├│n cinematogr├íficas, comenzar├¡a a redefinirse desde su m├®dula, el p├║blico, centro de un circuito de estreno conectado por las memorias flash, que pod├¡a encontrar en aquellas obras un alter ego: alguien dec├¡a frente a la c├ímara lo que yo no pod├¡a decir. ┬íAlguien dec├¡a! ÔÇôy parec├¡a loco.

ilustracion-Vito

As├¡, a los j├│venes realizadores se les exigi├│, casi como un contrato social no escrito, que asumieran el cine no solo como hecho art├¡stico, sino como acto ├®tico, c├¡vico. Filmar en Cuba hab├¡a sido, y tendr├¡a que seguir siendo, un ejercicio de ciudadan├¡a. En tiempos de pol├®mica aquella exigencia nac├¡a de los realizadores mismos: ÔÇ£┬┐Qu├® nos toca a los cineastas?ÔÇØ ÔÇôpreguntaba Pavel Giroud, y ├®l mismo contestaba: ÔÇ£hacer pel├¡culas. Mirarnos al ombligo, s├¡. Pero al menos en todos esos materiales [que se exhibieron en los primeros a├▒os de la Muestra] hay una rabia, un grito, una protestaÔÇØ Un relincho, dir├¡amos hoy, despu├®s de haber visto Caballos.

Desde su nacimiento, la Muestra ha sido un catalizador de producciones outsiders. En consecuencia, los debates en torno a este ejercicio han transitado del qu├® filmar al por qu├® filmar. Y aun as├¡, m├ís de una decena de ediciones despu├®s, materiales que asumieron el rol social de la prensa y que intentaron llenar, con ello, los espacios de silencio en la esfera p├║blica nacional, continuaron siendo la regla.

Pero con la pluralidad de sujetos que el cine hecho por j├│venes viene representando, la Muestra (lo que se muestra) ya no es solo ÔÇ£el parque adonde uno va a jugar de ni├▒o y aprende como locoÔÇØ, como me dec├¡a Dami├ín Sa├¡nz (Homenaje) hace un par de a├▒os. Este cine se ha metido ÔÇ£en el juego de los grandesÔÇØ, y de los cineastas j├│venes a quienes nuclea ha dependido, digamos, que una Ley de Cine fuera esbozada como primer intento de marco regulatorio/protector de las formas, los espacios y actores de la comunicaci├│n en la Isla. Este cine ha pulsado las costuras del debate nacional. Sus relatos y relatores han venido haciendo parir un tejido de democracia, y lo han hecho con paciencia y rebeld├¡a, con gracia y espasmo, como se hace el amor.

ÔÇ£La vida es dura, caballoÔÇØ, era el resorte que conduc├¡a a Par├¡s, puertas abiertas en la Muestra 15. Ahora, el caballo mismo lo cuenta. Como un correlato art├¡stico de lo que hierve bajo el propio tejido social cubano en tiempos de cambios, en el cine hecho por j├│venes otros no dicen lo que no puedo decir: en el cine hecho por j├│venes yo digo.

Cuando Fabi├ín, desde una plasticidad y teatralizaci├│n de la puesta cinematogr├ífica, consigue despojar de toda extra├▒eza la presencia de un caballo blanco en un cuarto, o que ÔÇ£nosotros, los caballosÔÇØ, nos miremos fijamente atravesando la pantalla; cuando Janis Reyes y Coline Costes hacen de La pel├¡cula de otros ÔÇ£suÔÇØ pel├¡cula, su rollo, y nos hacen mirar tambi├®n a los ojos esos mulatos de Jes├║s Mar├¡a y entender no solo c├│mo hicieron un filme casero de m├ís de 3 horas, sino por qu├®, conseguimos la receta del ÔÇ£poncheÔÇØ: el pa├¡s que se levanta desde este cine no entiende de circuitos ni de feudos ni de zonas de silencio. Todo rodaje es palabra. Toda palabra dicha es rodaje.

Hace ya m├ís de 10 a├▒os que Existen pas├│ por la Muestra, y ahora quiz├ís caemos en que aquellos tambi├®n nos miraron a los ojos. Pero quiz├ís, no est├íbamos listos. Hoy, ya en el juego de los grandes y al centro del debate nacional, el cine hecho por j├│venes en la Isla ha asumido la frontalidad. Ha empezado a soltar amarras y ha tomado los remos, antes que el bote haga aguas.

Tomado de: Bisiesto 5.

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