Apuntes sobre la miopía

Por: Celia Rodríguez Tejuca

Para un miope la lejanía siempre se dibuja extraña. Incapaz de ver pocos metros más allá de su persona, el enfermo de miopía padece cierta incapacidad para definir contornos, percibir texturas, e incluso –y esto es quizás lo más molesto– captar tonos y valores lumínicos. De ahí que lo distante, fuera del espacio donde el ojo logra acomodarse, resulta un entorno sumergido en una falsa homogeneidad espesante. Esto lo digo con plena conciencia. Llevo tan solo cinco días de operada y ya comienzo a descubrir que aquellas áreas de brillo disperso gozan la ligereza de un ambiente límpido y continuo. Pero existe cierta modalidad de esta patología que ni las más caballerescas pericias de mi doctora Marcoleta son capaces de calibrar. Esta variación se expresa en percepciones menos mensurables, atravesadas por las pulsiones racionales y emocionales que perfilan el modo de representarnos nuestros contextos menos inmediatos.

 

Dentro del universo cinematográfico, el documental es el género que mejor condensa la sobrescritura de lo imaginario en lo real, de ahí su utilidad en este tipo de diagnóstico. Esa es la encomienda de las presentes líneas: evaluar la agudeza de la afectación oftalmológica en dos realizaciones audiovisuales con un mismo sustrato temático: el testimonio de personas otrora videntes que han enfrentado la pérdida definitiva de la visión.

 

Resulta sintomática la elección, por vías ajenas, de historias personales que comparten la ceguera como nueva condición física. ¿Será pura coincidencia o es que acaso existe un deseo silencioso, pero consciente, en el acercamiento a individuos obligados a variar sus mecanismos de interacción sensorial con el mundo? Téngase en cuenta que la ceguera es un motivo que, desde el viejo Edipo hasta la célebre novela de Saramago, ha conformado una cadena de sentidos ejemplares en la narrativa occidental. Entonces, ¿qué saldos cognoscitivos pueden derivarse de atender dichas experiencias particulares?

 

La delimitación del conflicto se anuncia como el principal quiebre de ¿Ve?, cortometraje realizado bajo la pupila antropológica de Elvys A. Urra Moreno y José Carlos Lorenzo. La mirada escoge una posición de confortabilidad externa, como la del paseante que deambula por las calles de La Habana para recrearse en sus más asombrosas atracciones ambulantes. El ojo pretende observar lo real con las fórmulas de un supuesto realismo, a través de planos descriptivos, poco connotativos, que demarcan un límite infranqueable entre el sujeto que observa y el objeto de su indagación. El único recurso interesado en construir una hermandad sensitiva es la inserción arbitraria de cuadros negros que eclipsan la pantalla. Sin embargo, lo rudimentario y caprichoso del procedimiento impide el arribo a las sensaciones pretendidas.

 

Asimismo, la condición impresionista se refuerza por el modelo narrativo aplicado. El testimoniante desanda sus artes y desventuras en medio de un monólogo ad libitum que se resiste a la estructuración. Existen demasiadas zonas inquietantes de posible problematización que no hallan un final coherente por la ineficiente representación de los obstáculos opositores. El tratamiento termina por aplanar la travesía de este hombre. Por mucho que nos sensibilicemos con su causa; nos persigue la silueta de personaje de feria. En suma, estamos en presencia de una realización que no logra trascender la inmediatez de la mirada. Ni siquiera se interesa por escuchar; nada más maleable que el universo sonoro como medio constructivo de vivencias afines a las de un sujeto ciego, que por demás ha escogido la creación musical como medio de subsistencia

 

Por su parte, Elogio de la sombra pretende una travesía por rumbos contrarios. Pareciera que su realizadora, Helena Rodríguez López, ha comprendido la esencia misma del género documental como simulacro, que no calco, de la realidad. Por este motivo, se desentiende de la posición anterior de simple voyeur e incurre en un acto avisado de escritura poética sobre lo captado. La focalización resulta entonces mucho más invasiva y personal. Niurka es trasladada de su ambiente rutinario y penetra con los pies descalzos en el sublime reino de naturaleza desbordada. Para algunas pupilas inquietas pudiera resultar demasiado entrometida la voluntad discursiva de la realizadora. Sin embargo, el gesto sintoniza con la unidad dramática que ha seleccionado como eje del relato: la historia íntima y familiar. En este sentido, el cambio de coordenadas cronotópicas concentra el interés en la persona, en su relato interno, en su espiritualidad.

 

Por otra parte, los ciclos de la naturaleza designan las estaciones anímicas por las que atraviesa el personaje, ordenación que además es trastocada y reorganizada hacia un final cálido y florido, contrario a las leyes naturales. Hay un deseo expreso por cambiar el curso natural de los fenómenos, por demostrar el dominio del ser humano sobre su existencia y su capacidad de autosuperación. No obstante, en determinados intervalos la singularidad de los estadios temporales llega a resultar forzosa, al no existir núcleos temáticos de fácil definición, lo que alarga el metraje innecesariamente.

 

Desde el punto de vista fotográfico, la sucesión de planos fragmentados, desenfocados a ratos y distorsionados en algunos segmentos del material, transfiere al espectador un esfuerzo perceptivo particular. Se le obliga a reconstruir un mundo que padece, por decirlo de algún modo, cierta dislocación física. Lamentablemente, la proyección lírica de esta realizadora desestima también el universo sonoro de su personaje. El mapa auditivo es asaltado por una melodía continua que se superpone a la voz y a los sonidos ambientales, sin dejar respiro a los oídos más atentos. La solución es facilista y revela una desmesura que rompe con la afinidad de sentidos del ámbito visual.

 

En ambos documentales se observa cómo tonos divergentes pueden construir productos de factura dispar. La elección de uno u otro camino no define la efectividad expresiva del resultado, sino las operatorias que se emplean para graduar la mirada. Siempre que se observen sujetos desplazados del paradigma de “normalidad”, surgirá el riesgo de la zona común, miope, esa que define distancias aisladas y estereotipadas. Por eso, aunque el ojo se resista y nos provoque molestos dolores de cabeza, no podemos permitir que la miopía nos invada. Solo así las lejanías se harán más próximas, más familiares en cada nuevo ejercicio de enfoque.

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